La retórica que promete salvar un país cerrándolo al mundo se basa en chivos expiatorios y una nostalgia engañosa.
En el panorama político actual, pocas ideas son tan atractivas y, al mismo tiempo, tan peligrosas como la que sugiere que la recuperación nacional se logra a través de la pureza y el aislamiento. Afirmaciones como “detendré la migración de todos los países del tercer mundo para permitir que el sistema estadounidense se recupere por completo” (Trump, en su plataforma Truth Social) no constituyen simples propuestas de política migratoria. Son herramientas retóricas cargadas de significados implícitos que exigen un análisis urgente y profundo.
Primero, esta frase presenta un diagnóstico erróneo: el “sistema estadounidense” está enfermo y necesita una cura drástica. Este “sistema” se deja deliberadamente en el aire —¿se refiere al económico, al social, a los valores?— para que cada ciudadano descontento pueda proyectar sus propias frustraciones en él. La crisis de los opioides, la desindustrialización de ciertas áreas, la desigualdad económica o la polarización política son problemas reales y complejos. Sin embargo, el mensaje los reduce a una simple ecuación maniquea: el malestar interno tiene una causa externa.
Aquí es donde se encuentra el segundo y más dañino mensaje: la creación de un chivo expiatorio. Al señalar de manera unidimensional a los migrantes del llamado “tercer mundo” —un término anacrónico y cargado de una jerarquía colonial— como el obstáculo para la “recuperación”, se establece un enemigo claro y fácil de identificar. Esta narrativa es profundamente antiestadounidense, si entendemos el carácter estadounidense como el de una nación construida por sucesivas oleadas de migrantes. La historia económica de Estados Unidos está intrínsecamente ligada a su historia migratoria. Desde los trabajadores que construyeron el ferrocarril hasta los científicos que llevaron al país a la Luna, o los médicos y programadores que mantienen su competitividad hoy, la migración ha sido un motor fundamental.
El tercer componente es la promesa de una solución mágica: la recuperación “total”. Es como un espejismo de una época dorada que se puede recuperar con solo desearlo. ¿Qué época es esa que tanto se anhela? Generalmente, es un pasado idealizado donde la homogeneidad cultural era más pronunciada, pero que, al examinarlo de cerca, estaba lejos de ser perfecto para las minorías, las mujeres o aquellos que no encajaban en el molde dominante. Esta nostalgia es un sentimiento poderoso, pero no es un buen consejero en política. La complejidad del siglo XXI no se resuelve con soluciones del siglo XIX.
Finalmente, el mensaje subliminal más dañino es la idea de un juego de suma cero: para que “nosotros” ganemos, “ellos” tienen que perder. Esta lógica ignora la abrumadora evidencia de que las economías modernas, y especialmente la estadounidense, se benefician de una fuerza laboral joven y diversa. El verdadero desafío no es detener la migración, sino gestionarla de manera inteligente y humana, integrando a los recién llegados y actualizando los sistemas para el beneficio de todos.
Cuando un líder político promete cerrar fronteras como si fuera la solución universal, no está ofreciendo una política. Está vendiendo una ilusión. Una ilusión que, al buscar un enemigo externo para los problemas internos, divide a la sociedad, envenena el debate público y desvía la atención de los verdaderos desafíos estructurales. La verdadera fortaleza de un sistema no se mide por su capacidad de aislarse, sino por su resiliencia para adaptarse, integrar y prosperar en un mundo en constante cambio. Cerrar puertas no es un signo de recuperación; es un síntoma de miedo y decadencia.
* Colaborador de Centro Patria.